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Mensaje de junio de 2019 de la Obispa Presidente Elizabeth Eaton

 
Mensaje de junio de 2019 de la Obispa Presidente Elizabeth Eaton

La Reunión, La Palabra, La Cena, Y El Envío

La liturgia es importante —no cada parte constitutiva— sino la estructura básica del culto corporativo: la reunión, la palabra, la cena, y el envío. Es una disciplina que los luteranos emprenden gustosamente porque ayuda a los individuos y a la comunidad entera a expresar nuestra conexión con otros cristianos en todo el mundo y a lo largo de las épocas.

Cuando nos reunimos, no somos simplemente un grupo de individuos con ideas parecidas. Nos reunimos en el nombre de Jesús y nos reunimos como el cuerpo de Cristo. “También nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás” (Romanos 12:5).

El concepto africano de Ubuntu, “yo soy porque somos”, captura esto. El arzobispo sudafricano Desmond Tutu lo explica de esta manera: “Yo te necesito para ser yo, y tú me necesitas para ser tú. Estamos unidos. Necesito a otros seres humanos para ser un ser humano. Una persona es una persona a través de otras personas”.

Nos reunimos en la presencia de Jesús, Dios con nosotros, en quien todos tenemos nuestra identidad definitiva.

He oído decir con frecuencia que uno puede adorar a Dios en la belleza de la naturaleza. Me alegra que la gente se sienta movida al asombro y a la alabanza cuando se encuentra ante la majestad de Dios en el mundo creado. Todos deberíamos detenernos y notar la presencia divina. Pero la adoración corporativa es algo distinto. Esto me resultó muy evidente cuando visité la comunidad de Sant’Egidio en Roma.

Esta comunidad de laicos se reúne regularmente para la lectura de las Escrituras, la oración, y para servir a los pobres y quebrantados en su ciudad. Sant’Egidio presta especial atención a aquellos que en su mayoría están confinados en su casa durante la semana. Para estas personas, el culto semanal con el resto de la comunidad representa una celebración. Se reúnen con el resto de la familia, todos reunidos para adorar al Señor, y su alegría es palpable.

Nos reunimos en torno a la palabra —la escritura, la predicación, el canto, la oración y los credos, pero especialmente en torno a la Palabra viva, Jesucristo. Nosotros no somos el foco de nuestra adoración —Dios lo es. La adoración no se trata principalmente de “mí” ni de “nosotros”. La adoración no es una actuación para la comunidad, sino una ofrenda dirigida a Dios. Jesús prometió que cuando nos reuniéramos en su nombre, él estaría en medio de nosotros. ¿Cómo cambiaría nuestra adoración si entendiéramos literalmente que Cristo está presente y que estamos ofreciendo a Cristo nuestra adoración y alabanza?

Nos reunimos para la cena. Reunidos alrededor de nuestras mesas, estamos reunidos alrededor la única mesa. Somos alimentados y perdonados, reconciliados y liberados, crucificados y resucitados. En las palabras de institución oímos la historia de Jesús —la historia del Jesús quebrantado y lacerado, que se entrega completamente por la vida del mundo. Si su congregación usa la oración que rodea estas palabras, usted también oye la historia de la salvación. Mientras cada individuo recibe a Dios en los sacramentos, ninguno de ellos recibe esta gracia solo, aparte del resto de la comunidad.

Somos enviados. Reunidos en uno por el Espíritu, portando y llevando la palabra, nunca separados del amor de Dios en Cristo Jesús, somos enviados al mundo. Unas de las palabras más importantes que se dicen en la liturgia son, “Id en paz. Servid al Señor”. Salimos y servimos a este mundo que Dios tanto ama. Jesús se encuentra con nosotros allí —en nuestras luchas, alegrías, la vida, y la muerte. Luego volvemos a reunirnos en el culto de adoración para ser fortalecidos y restaurados.

Los campesinos en Francia llevaban una hogaza de pan a los campos. Comían un bocado de este pan, lanzaban la hogaza más adelante en la hilera, y comenzaban el arduo trabajo de escardar y atender sus cosechas. Cuando llegaban adonde había caído el pan, comían otro bocado, y lanzaban nuevamente la hogaza más adelante. De esta manera podían continuar su trabajo. Lo mismo sucede con nosotros cuando recibimos el pan de vida y servimos al mundo.

 

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